A veces, cuando se está tratando de nadar o de mantener a flote algo inesperado sucede y nos empezamos a ahogar. Ya sea porque nos hicieron una chinita, o porque se nos enreda algo en los pies, o por cansancio, o por alguien que se tiró un guatazo y nos pasa a llevar... la cosa es que nos hundimos, nos entra agua, nos cuesta respirar, empezamos a desesperarnos, a aletear, más nos cansamos, nos duelen los ojos con el cloro y sólo escuchamos el sordo sonido del agua.
En ese momento lo mejor es aceptar la situación, dejar al cuerpo que pese y llegar hasta abajo, TOCAR FONDO. Es entonces cuando, con un fuerte impulso de nuestras piernas, salimos a flote nuevamente, abrimos la boca y tomamos todo el aire que podemos para recuperarnos, empezamos a bracear de nuevo, llegamos a la orilla, descansamos y después de un rato volvemos a disfrutar de estar en la piscina.
Claro, esos segundos desesperados eran eternos, atroces, pero con la mente clara y un empujoncito lo superamos y ahora incluso nos podemos reir de aquella anécdota.
Así estoy yo; orgullosísima de mi trabajo y de lo que he hecho mientras he estado en terapia por depresión. Asumiendo que los remedios no son tan malos como pensaba, pero manteniéndome firme en la postura de que son sólo una ayuda y no la solución. Ahora he vuelto a reirme, a hacer el ridículo, a hablar hasta por los codos, bailar hasta las tantas de la noche, jugar con mi hija como cabra chica. Nuevamente el trabajo es algo que me motiva, si lloro es de risa o de emoción, no de pena. Me siento linda, preciosa, salto por todas partes y no me importa parecer loca. Total, tengo la suerte de tener un trabajo que me gusta, la posibilidad de estudiar de nuevo sin tener que poner ni un peso porque todo me lo paga quienes reconocen mi trabajo, encontré la casa que por tanto tiempo busqué y el próximo mes estaré viviendo en ella, estoy rodeada de muchísima gente que me quiere, estar con mi familia es un placer absoluto donde las demostraciones de cariño nunca son suficientes ni demasiadas, siempre hay más que dar, y tengo una hija perfecta con todas sus letras que lo único que sabe hacer es darme satisfacciones, hacerme feliz y sentir que vivo en un sueño cada vez que me descubro embobada contemplándola.
Claro, hay cosas que aún están pendientes, yayitas por solucionar, pero ya llegará el momento adecuado, la ocasión perfecta para que suceda. Por ahora no apuro nada, sólo disfruto el chapuzón que me estoy dando.
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